Editorial

Pasan rápido las semanas, eh??? Aquí estamos de nuevo frente a vosotros o mejor dicho, junto a todos vosotros, lectores y miembros de algunos de los foros hermanados en esta revista.
Es el número 9, amén de los números especiales de homenaje a varios de vosotros.
Vamos cambiando el aspecto con el que nos mostramos pero lo más importante es que el alma de la misma sigue siendo la misma, aumentando mes a mes en el número de comunidades participantes.
Gracias por vuestras aportaciones en pos del arte.
Imagino el foro, tenga el nombre que sea, como una gran plaza en medio de la aldea, del pueblo, de la ciudad y en ella os voy viendo recitar vuestros poemas, como los rapsodas hacían en las ágoras griegas.
Algunos incluso con música como los aedos .... y como telones de fondo los cuadros de vuestros compañeros pintores .... con mensajes importantes como los que denunciáis en vuestros escritos, con cartas de amor y desamor con las que os declaráis a vuestr@s enamorad@s, con las inquietudes que turban los sueños de los seres sensibles que sois los poetas.
Os animo a seguir participando, a seguir alentando a aquellos que se asoman y nos dejan una muestra de su arte y sobre todo a seguir amando como todos vosotros amáis el Arte.
Y, aquí os dejo con la magnífica selección de trabajos que conforman este nuevo número de la Revista de Sabor Artístico.

FELICES PASCUAS PARA TODOS !!!

FELICES PASCUAS PARA TODOS !!!
Sabor Artístico les desea unas Felices Pascuas a todos en compañia de sus familias.

miércoles 8 de abril de 2009

Un cuento

Federico Laurenzana




Virus

Entre cubos de gases deambulaba quien su Yo perdía por dividido. Sin estar mutilado, lo desgarraba su inquietud; estando percibiendo por dentro y fuera suyo, cada opción a decidir lo hacía dudar por el doble.

Cada elección era una victoria de un solo Yo, de un solo hombre vislumbrando su desgracia múltiple.

Rectángulos negros con volumetría corpórea habían atravesado el torso del que moraba en la atmósfera geométrica. Rectángulos y cubos habían hecho del entorno un sitio lineal y plano, aunque con perspectiva. Eran puntos de fuga a los que él atestiguaba multiplicados e infames, al no serle posible un único examen de su percepción.

Cuando no reposaba, caminaba. Pero nunca fuera de su recinto. Y cuando no caminaba, escalaba; aunque no hasta la atmósfera triangular de las alturas, ni descendía jamás hasta la circular. Ahí, círculos de plana invariabilidad terca hacían ofuscar a cualquiera.

Entre negros y grises cubos había notado a otro dentro de él. Otro que bien podría hacer de él, un él dual, doble; porque se había advertido como si conviviese junto a ese otro. Y hasta había reconocido similitudes de reacción ante estímulos demasiado propios. Entonces lo había visto como otro Él dentro suyo, como otro Yo.

Temía. No lo veía adecuado, sino que presenciaba cada instante desde dos ópticas haciéndolo cavilar más de lo aconsejable, más de lo previsto. Y esta rareza lo había incomodado y hecho padecer una dualidad de remordimientos, aunque asimismo de gracias.

Gases opacos entre cubos y rectángulos lo ceñían ingrato por el imprevisto.

Al verse, al ver desde afuera a lo de adentro como un virus, no sabía por qué aceptarlo. Tendría que ceder y dejar que éste opine, pero así perdería sus observaciones imparciales. Aunque de esta forma si lo quitaba se mutilaba a él mismo –porque el otro era parte de él-, prefería perder a este Yo interno y mantenerse como siempre, expuesto con sus percepciones externas hacia fuera.

Nubes de gases violetas habían mudado hacia un rojizo oscuro, y elevado un rectangular mástil de base cuadrada. Algunos cubos rojos volaban a su través. Eran diminutos y dejaban huellas cúbicas de nubes estridentes.

Ya el opaco negro se había ido, ya aparecían colores.

Poco le importaba la variación de la atmósfera mientras el suicidio carcomía los restos de compostura, de conciencia y perseverancia. Se había caído y no deseaba levantarse. Estaba desanimado sobre un cuadrado rojo y negro moviéndose en círculos bajo suyo. Estaba sin saber nada del otro interno, del otro Yo. Y fue cuando comprendió que éste no veía la misma atmósfera que él, que veía su organismo interno y algunas representaciones mediante imágenes, que no lo agasajaban ni entretenían los cuerpos geométricos y que sólo a la meditación y más exhausta contemplación debía dedicarse.

Ya los cubos habían cobrado colores más vivos, despertaban del tedio más incomprensible y doblegante. Y junto a ellos, él, el externo.

Bailaba. Se vitoreaba con cada cuerpo a su gusto mientras seguía sin saber nada del otro. Es decir: sabiendo de sí mismo como siempre había sido, de forma externa.

Cuando se detuvo, reflexionó y notó que ya jamás volvería a ser quien se sepa único sin conocer la experiencia de la duplicidad. Esto lo desconsolaba, deshacía la danza entre él y los cubos, entre ese mundo atmosférico.

Cada volumen que se le había acercado, era repelido, impulsado hacia lejanías. Cada consuelo, rechazado.

Decepcionado, recordaba que lo dado a dejar, a desprender, había sido perdido, librado o preso, vivo o muerto (no lo sabía), ya no convivía junto a él. Esto era lo que él había deseado, lo que quería su Yo en tiempos donde recién conocía al otro, al ente interno. Pero ya no pensaba de esa forma. Ya había vivido la experiencia de presenciar la realidad con el doble de las percepciones y sensaciones, ya había experimentado duplicar cada instante.

Un triángulo descendía hasta rozar un círculo pero pronto había ascendido. Y cuando volvían los cubos y rectángulos amarillos, nada de aquellos había quedado. Ni había podido ver descender al círculo.

Gases aromáticos habían rellenado los intersticios de cada objeto hasta comprimir la atmósfera, hasta dejarla deslumbrante por luminosa.

Pensaba en cómo vería esta circunstancia con el otro, con la otra parte de él. Pero no era posible. Quizás lo había asesinado su desinterés, su indiferencia durante aquel baile donde el salón, donde los cubos y rectángulos se disfrazaban para demostrarle la prioridad de los factores externos en vez de los internos. Situación que tal vez lo había conducido a eliminarse por inapropiado y hasta incómodo. La misma inconformidad que había vivido el Yo externo al verlo y presagiar su futuro.

Aunque su desaparición haya sido desconocida para él, para el hombre de la cúbica atmósfera, ya no deseaba la dualidad como nunca la quiso.

Ya volvía su univocidad, su única manera de presenciar cada un momento a un cubo haciéndose rectángulo gaseoso sobre un mismo anaranjado plano.

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